La noche del 27 de febrero de 1844 era martes de carnaval en Santo Domingo, y ese bullicio fue el mejor aliado de los conspiradores: las calles llenas de gente disfrazada permitían que los trinitarios se movieran hacia el punto de reunión sin llamar demasiado la atención. Alrededor de las ocho y media de la noche, el plan urdido durante seis años por La Trinitaria entró en su hora decisiva. Lo que sucedió en las horas siguientes no fue un golpe de suerte: fue la ejecución, con riesgos enormes, de una operación calculada.
1. El plan y sus protagonistas
La dirección interior de la conspiración estaba en manos de Francisco del Rosario Sánchez, el estratega político del grupo, y de Matías Ramón Mella, el hombre de acción con vínculos dentro de la guarnición. En las semanas previas, los trinitarios habían difundo el Manifiesto del 16 de enero de 1844, un documento redactado por Tomás Bobadilla con participación trinitaria que exponía los agravios contra el gobierno haitiano y proclamaba el propósito de constituir un Estado libre e independiente: era la declaración de intenciones de la separación, hecha pública antes de que sonara el primer disparo.
La bandera que debía izarse esa noche había sido diseñada por Duarte —una cruz blanca sobre cuartos azules y rojos— y confeccionada en secreto por dos jóvenes capitaleñas, Concepción Bona y María Trinidad Sánchez, esta última tía de Francisco del Rosario. Coser una bandera enemiga era, en aquellas circunstancias, un delito de alta traición.
2. El trabucazo de Mella
El punto acordado era el baluarte del Conde, en la muralla oeste de la ciudad, junto a la puerta que daba al camino de las afueras —la actual Puerta del Conde—. Los conjurados debían reunirse allí al anochecer y, según la tradición, Mella temió que el grupo, disperso y nervioso, terminara disolviéndose sin actuar. Entonces disparó su trabuco al aire: el estallido, en medio de la noche de carnaval, fue la señal irreversible. El trabucazo de Mella es el sonido fundacional de la República: a partir de ese instante ya no había vuelta atrás, porque la conspiración se había declarado.
El trabucazo no hirió a nadie, y sin embargo lo cambió todo: convirtió una reunión de conspiradores en un hecho consumado ante la ciudad entera.
Los independentistas se apoderaron del baluarte y de la puerta, organizaron la defensa de la muralla y lanzaron las proclamas. Al amanecer del 28 de febrero, Francisco del Rosario Sánchez izó la bandera trinitaria en el baluarte del Conde y proclamó la separación ante el pueblo reunido, con las palabras que la tradición le atribuye: «¡Separación! ¡Dios, Patria y Libertad! ¡Viva la República Dominicana!».
3. La mañana siguiente: nace un Estado
La guarnición haitiana de la capital, tomada por sorpresa y sin órdenes claras, no ofreció la resistencia que se temía; las negociaciones de las horas siguientes la llevaron a capitular y retirarse, y el gobierno de la nueva República quedó en manos de una Junta Central Gubernativa presidida inicialmente por Tomás Bobadilla, el jurista conservador que había redactado el manifiesto de enero. La Junta era una coalición frágil: unía a los trinitarios con conservadores anexionistas que ya pensaban en buscar un protector extranjero, germen del conflicto que meses después desterraría a los propios fundadores.
El nuevo Estado nació, además, en guerra. El presidente haitiano Charles Rivière-Hérard no aceptó la separación y organizó la respuesta militar: en marzo avanzaron sobre el país tres columnas haitianas, y la República tuvo que defenderse en Azua el 19 de marzo y en Santiago el 30 de marzo. La noche del 27 de febrero había creado el Estado; las batallas de marzo debían demostrar que podía sobrevivir.
4. Lo que la noche significa
El 27 de febrero es la fecha patria central de la República Dominicana porque condensa sus valores fundacionales: la decisión civil y organizada frente a la dominación, la valentía de un grupo sin ejército propio, y la idea duartiana de que la independencia debía ser de «toda dominación extranjera», no un simple cambio de amo. Cada año, el presidente de la República rinde cuentas al Congreso ese día, y los restos de Duarte, Sánchez y Mella reposan a pocos metros del baluarte donde se disparó el trabucazo, en el Altar de la Patria del parque Independencia.