El 27 de febrero de 1963, Juan Bosch tomó posesión como presidente de la República ante una multitud eufórica en Santo Domingo. Era la primera vez en 39 años —desde Horacio Vásquez en 1924— que un gobernante dominicano llegaba al poder por elecciones libres. Siete meses después, el 25 de septiembre, un grupo de oficiales lo derrocó y lo embarcó al exilio. Entre esas dos fechas se concentra una de las tragedias políticas del siglo XX dominicano: la demostración de que la democracia, para sobrevivir, necesita algo más que ganar elecciones.
1. El exiliado que volvió para ganar
Juan Bosch (1909-2001), nacido en La Vega, era ya uno de los grandes escritores del Caribe —autor de cuentos como La Mañosa y de ensayos históricos fundamentales— cuando fundó en La Habana, en 1939, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), la organización del exilio antitrujillista. Tras 24 años fuera del país, regresó en octubre de 1961 y en apenas catorce meses construyó una maquinaria de masas que hablaba un lenguaje nuevo: el de los «hijos de Machepa», el pueblo pobre, contra los «tutumpotes», los privilegiados, según su célebre clasificación social.
Su campaña de 1962 fue una revolución comunicativa: discursos por radio sencillos y pedagógicos, contacto directo con el campesinado y las barriadas, y un programa de reformas. El 20 de diciembre de 1962 ganó las elecciones con cerca del 60 por ciento de los votos, derrotando a la Unión Cívica Nacional de Viriato Fiallo. El país votó, en gran parte, por el cambio social ordenado que Bosch prometía.
2. Siete meses de gobierno y una Constitución
El gobierno de Bosch promulgó la Constitución de 1963, la más progresista de la historia dominicana hasta entonces: prohibía el latifundio, garantizaba derechos laborales y sindicales, establecía la función social de la propiedad y limitaba los monopolios. Su administración redujo el gasto de lujo oficial —el propio Bosch vendió el Cadillac presidencial y prohibió las placas oficiales en vehículos privados—, bajó precios de artículos básicos, impulsó la reforma agraria con la distribución de tierras estatales y se negó a reprimir a la oposición y a la prensa, incluso cuando lo atacaban con ferocidad.
Esa tolerancia fue usada en su contra por una coalición heterogénea: los grupos económicos que temían las reformas, sectores de la jerarquía eclesiástica que lo denunciaban como comunista, los militares trujillistas que nunca aceptaron su mando civil, y la embajada de Estados Unidos, que en plena Guerra Fría —un año después de la crisis de los misiles de Cuba— miraba a Santo Domingo con la obsesión de evitar «otra Cuba» en el Caribe. La campaña de descrédito, que Bosch describía como una conspiración de «los de arriba contra los de abajo», creó el clima para el golpe.
3. El 25 de septiembre de 1963
El golpe fue ejecutado por un grupo de altos oficiales encabezados por el coronel Elías Wessin y Wessin, sin resistencia armada significativa y con la aquiescencia de los sectores que llevaban meses preparándolo. Bosch fue detenido y deportado a Puerto Rico. El poder pasó a un Triunvirato civil-militar que derogó la Constitución de 1963, ilegalizó al PRD, persiguió a sus dirigentes y gobernó con apoyo estadounidense hasta 1965. El experimento democrático había durado siete meses; su mensaje al país fue devastador: votar no bastaba si quienes perdían las elecciones conservaban las armas y las embajadas.
4. Las consecuencias: de 1963 a 1965
El golpe de 1963 no cerró la crisis: la incubo. La juventud perredeísta y los militares constitucionalistas que no aceptaron la restauración conservadora comenzaron a conspirar para reponer a Bosch y la Constitución, en un país donde el Triunvirato se desacreditaba por su represión y su corrupción. El 24 de abril de 1965, esa conspiración estalló como revolución. Bosch mismo, desde el exilio, sería espectador impotente de la guerra que se libraba en su nombre.
Bosch volvió a competir en 1966 y perdió frente a Balaguer en unas elecciones bajo ocupación; fundó luego el Partido de la Liberación Dominicana (1973) y siguió escribiendo hasta su muerte en 2001, convertido en el intelectual político dominicano más influyente del siglo. Su gobierno de siete meses sigue siendo el espejo en el que la democracia dominicana se mira: el testimonio de lo que pudo ser, y la advertencia de lo frágil que es.