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Siglo XX

La masacre del Perejil de 1937

Siglo XX · 1937 · 6 min de lectura · Historia RD

En octubre de 1937, el régimen de Trujillo ordenó exterminar a la población haitiana de la frontera noroeste. Miles de personas fueron asesinadas en el crimen más grave del siglo XX dominicano.

Entre los primeros días de octubre de 1937, el ejército dominicano y grupos de civiles armados ejecutaron en la línea fronteriza del noroeste la orden de exterminar a la población de origen haitiano residente en territorio dominicano. En pocas semanas fueron asesinadas miles de personas —hombres, mujeres y niños, muchos de ellos nacidos en la República Dominicana— en el episodio más oscuro de la historia nacional. Se lo conoce como la masacre del Perejil, y su memoria sigue pesando sobre las relaciones entre los dos países de la isla.

1. La frontera antes de 1937: una sociedad compartida

Para dimensionar el crimen hay que saber que la frontera dominico-haitiana de principios del siglo XX no era una línea cerrada entre dos mundos enemigos, sino una zona de vida compartida. Campesinos haitianos y dominicanos cruzaban en ambas direcciones por trabajo, comercio, matrimonio y fiesta; el creole y el español convivían en los mercados; las haciendas del noroeste empleaban mano de obra haitiana desde hacía décadas, y comunidades enteras de la línea fronteriza —Dajabón, Monte Cristi, Restauración, Elías Piña— eran bilingües y mixtas. La demarcación definitiva de la frontera se había firmado en 1929 y rectificado en 1936, apenas un año antes de la masacre.

Sobre esa sociedad fronteriza actuó la ideología oficial del régimen: un nacionalismo racializado que definía lo dominicano por contraste con lo haitiano y lo africano, y un proyecto de «dominicanización de la frontera» que buscaba poblar la línea con colonos considerados leales y borrar la presencia haitiana del territorio.

2. Octubre de 1937: la orden y la ejecución

Tras un recorrido por la frontera en el que Trujillo anunció públicamente medidas contra la inmigración y el «robo de ganado», la orden de exterminio se ejecutó a partir del 2 de octubre de 1937. Las unidades militares, auxiliadas en algunos puntos por civiles dominicanos, reunieron y asesinaron a la población haitiana de las comarcas fronterizas. Para disimular la autoría del Estado, muchas víctimas fueron muertas con machetes y armas blancas, simulando un conflicto espontáneo entre campesinos: la escenificación de un «pleito entre vecinos» que los informes diplomáticos de la época desmintieron desde el principio.

La tradición oral y parte de la historiografía recogen el procedimiento que dio nombre a la masacre: a las personas sospechosas se les mostraba una rama de perejil y se les pedía pronunciar su nombre; quienes lo decían con la fonética del creole o del francés —«peséy» en lugar de «perejil»— eran condenados. Los historiadores debaten hasta qué punto esa prueba fue sistemática o excepcional, pero el «perejil» quedó como símbolo perfecto del crimen: una palabra convertida en sentencia de muerte.

3. Las cifras y la respuesta internacional

El número exacto de víctimas no se conocerá nunca, porque el régimen controló la zona y la información. Las estimaciones serias oscilan entre unas 12.000 y más de 30.000 personas asesinadas; buena parte de la historiografía trabaja con un rango de 15.000 a 25.000 muertos. Eran, en su mayoría, campesinos residentes de larga data en el noroeste, no inmigrantes recién llegados.

El escándalo internacional obligó al régimen a negociar. Con mediación estadounidense, la República Dominicana firmó con Haití en 1938 un acuerdo por el que se comprometió a pagar una indemnización de 750.000 dólares —de la que solo se entregó efectivamente una parte— sin que ningún responsable fuera juzgado. Trujillo se mantuvo en el poder 24 años más; la masacre se convirtió en un tema silenciado en la educación y la prensa dominicanas durante décadas, preservado sobre todo por la memoria oral de las comunidades fronterizas y por la historiografía haitiana.

4. Memoria y responsabilidad

Desde la caída de la dictadura, y con más fuerza en las últimas décadas, historiadores, escritores y comunidades de la frontera han recuperado la memoria de 1937: investigaciones académicas, literatura —como la novela La cosecha de huesos de Edwidge Danticat, que llevó el tema al público mundial— y actos conmemorativos en las zonas afectadas. En 2012, al cumplirse 75 años, ambos países recordaron oficialmente a las víctimas, y la masacre es hoy reconocida en la República Dominicana como lo que fue: un crimen de Estado ordenado desde la cúspide del régimen.

Recordarlo cumple una función que va más allá de la justicia histórica: es el recordatorio permanente de adónde conduce la combinación de racismo oficial, propaganda y obediencia militar. La frontera actual, con su comercio binacional y sus familias mixtas, es en parte la heredera de aquella sociedad compartida que el régimen quiso borrar a machetazos, y que sobrevivió.


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