El 1 de junio de 1966, Joaquín Balaguer ganó las elecciones celebradas bajo la sombra de la ocupación estadounidense y derrotó a Juan Bosch, que hizo campaña amenazado y semiescondido. Comenzaban los «doce años»: el período en que el discípulo más inteligente de Trujillo adaptó el autoritarismo a los tiempos de la Guerra Fría, gobernando con elecciones periódicas, partidos tolerados a medias, crecimiento económico financiado por Washington y una represión quirúrgica contra la izquierda y el perredeísmo.
1. El personaje: de secretario de Trujillo a presidente
Joaquín Balaguer (1906-2002), nacido en Navarrete, Santiago, abogado y escritor, fue durante tres décadas funcionario central del trujillismo: embajador, canciller, vicepresidente y presidente subordinado entre 1960 y 1961. Exiliado tras la caída del régimen, regresó en 1965 y se presentó como el hombre del orden y de la reconstrucción frente al «caos» revolucionario. Su Partido Reformista ganó en 1966 con el respaldo tácito de Estados Unidos, que prefería un anticomunista confiable a cualquier experimento democrático incierto en su Caribe.
Balaguer gobernó con un estilo inconfundible: personalista, austero en lo privado y despiadado en lo político, convencido de que la República solo podía administrarse con mano dura y de que él era el único capaz de ejercerla. Su fórmula combinaba la obra pública monumental como legitimación, el clientelismo como cemento social y el miedo administrado con precisión como mecanismo de control.
2. Crecimiento con represión: la economía y la Banda Colorá
Los doce años fueron de crecimiento económico significativo: altos precios del azúcar a principios de los 70, inversión en presas (Tavera, Valdesia), carreteras, acueductos, viviendas y zonas francas incipientes, con un Estado que se convirtió en el gran constructor y empleador del país. La clase media urbana creció, la capital se modernizó y el país dejó atrás la devastación de 1965. Buena parte de la infraestructura dominicana actual tiene sello de esa época, y Balaguer cuidaba que cada obra llevara su mensaje: el orden produce progreso.
El reverso fue la violencia política. En los primeros años del régimen operó la llamada Banda Colorá, grupo parapolicial vinculado al oficialismo que persiguió, golpeó y asesinó a jóvenes de izquierda y opositores; centenares de dominicanos fueron muertos o desaparecidos en hechos políticos durante el período, entre ellos el periodista Orlando Martínez, asesinado en 1975 por sicarios militares tras años de columnas críticas en la revista ¡Ahora!. Las elecciones de 1970 y 1974 se celebraron con la oposición principal retirada en protesta por la falta de garantías: Balaguer «ganaba» comicios en los que el resultado nunca estaba en duda.
3. 1978: la noche en que la democracia ganó
Las elecciones del 16 de mayo de 1978 parecían otro trámite, pero el país había cambiado: una oposición unificada en torno a Antonio Guzmán Fernández (PRD), con José Francisco Peña Gómez como motor organizativo, llenó las urnas pese al aparato oficialista. Cuando los conteos preliminares daban la victoria a Guzmán, militares del régimen detuvieron el escrutinio en la madrugada del 17 de mayo —la llamada «falla histórica» del conteo— y el país contuvo la respiración ante un posible fraude o golpe.
La reacción internacional fue decisiva: el gobierno de Jimmy Carter, en plena campaña por los derechos humanos, presionó abiertamente para que se respetara el resultado, y la presión interna —prensa, Iglesia, empresarios y una ciudadanía movilizada— hizo insostenible el fraude. Los militares reculadores aceptaron el triunfo opositor. El 16 de agosto de 1978, Balaguer entregó la banda presidencial a Guzmán en una ceremonia que cerraba medio siglo de autoritarismo: por primera vez desde 1930, un presidente dominicano electo en comicios competitivos recibía el poder de otro presidente.
4. El significado de los doce años
Los doce años son el puente entre la dictadura y la democracia: mantuvieron las estructuras clientelares y represivas del trujillismo dentro de formas electorales, y educaron —por la fuerza del contraste— a la generación que haría posible 1978. Balaguer volvería a la presidencia en 1986, ya en democracia, y gobernaría diez años más, prueba de que su figura no se agota en el período represivo. Pero el juicio histórico sobre los doce años es claro: fue la última versión posible del autoritarismo dominicano clásico, y su derrota electoral pacífica de 1978 es, justamente, su mejor legado involuntario.