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Independencia

La Trinitaria y Juan Pablo Duarte

Independencia · 1838 · 6 min de lectura · Historia RD

El 16 de julio de 1838, nueve jóvenes juraron en Santo Domingo «separar a la Patria de toda dominación extranjera». La sociedad secreta que fundaron hizo posible, seis años después, la Independencia.

Toda independencia tiene una noche fundacional, pero la dominicana tiene además una tarde fundacional: la del 16 de julio de 1838, día de la Virgen del Carmen, cuando un joven de 25 años llamado Juan Pablo Duarte reunió a ocho amigos en la casa de Juan Isidro Pérez, en la calle del Arquillo —hoy Arzobispo Nouel— de Santo Domingo, para constituir una sociedad secreta con un solo objetivo. El juramento que pronunciaron, con la mano sobre los Evangelios, es el acta de nacimiento intelectual de la República Dominicana.

1. Duarte: el patricio improbable

Juan Pablo Duarte y Díez nació en Santo Domingo el 26 de enero de 1813, hijo de un comerciante español peninsular y de una madre criolla de El Seibo. La familia, acomodada, perdió su posición cuando emigró durante las turbulencias de la época; a su regreso, el joven Duarte completó su formación con estudios, lecturas y unos viajes decisivos por Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España entre 1829 y 1833. De esos viajes volvió con una convicción madurada: la parte este de la isla podía y debía ser un Estado libre, democrático y separado tanto de Haití como de cualquier potencia europea.

Duarte no era un caudillo militar ni un rico terrateniente: era un ideólogo y un organizador. Su arma era la conspiración metódica y su proyecto era institucional: una república con separación de poderes, sufragio, honestidad administrativa —su frase de que la administración pública debía manejarse «con la pulcritud de un altar» resume su ética— y sin anexionismos. Contra él conspirarían no solo los haitianos, sino los propios conservadores dominicanos que preferían entregar el país a Francia o a España antes que aceptar su programa.

2. Nueve fundadores y un juramento

Los fundadores de La Trinitaria fueron Duarte y ocho compañeros: Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandrino Pina, José María Serra, Vicente Celestino Duarte —hermano menor del patricio—, Francisco del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella, Jacinto de la Concha y Félix María Ruiz. El nombre no era casual: la sociedad se organizaba en células de tres miembros, en homenaje a la Santísima Trinidad y como medida de seguridad, pues cada trinitario conocía solo a su triada y debía reclutar otra. Su lema era tajante: «Dios, Patria y Libertad», y su juramento comprometía a sus miembros «a separar a la Patria de toda dominación extranjera» aun a costa de la vida y los bienes.

Para crecer sin despertar sospechas, crearon sociedades pantalla de fachada cultural y filantrópica —La Filantrópica y La Dramática— que con tertulias y representaciones teatrales en la capital iban sembrando ideas liberales y reclutando adeptos entre artesanos, comerciantes, empleados y jóvenes militares. La Trinitaria se extendió también a las provincias y al seno del ejército haitiano estacionado en el este, donde oficiales criollos simpatizantes, como el propio Mella, serían decisivos llegado el momento.

3. De la conspiración a la acción: 1843-1844

El derrocamiento de Boyer en Haití en 1843 abrió una ventana de turbulencia que los trinitarios intentaron aprovechar apoyando inicialmente al movimiento reformista, pero la represión del nuevo gobierno haitiano cayó sobre ellos: en agosto de 1843 Duarte tuvo que esconderse y huir al extranjero, y Sánchez y otros quedaron bajo vigilancia. La organización, sin embargo, ya era una red demasiado amplia para desarticularla, y el propio Duarte, desde el exilio y a través de emisarios, siguió coordinando el plan.

El detonante final fue la certeza de que el gobierno de Puerto Príncipe preparaba una nueva campaña represiva y la noticia de movimientos de tropas. La dirección interior —Sánchez, Mella, Vicente Celestino Duarte y los trinitarios de la capital— fijó la fecha: la noche del 27 de febrero de 1844. Duarte no estaría presente: enfermo y perseguido, se encontraba fuera del país, detalle que sus enemigos usarían luego contra él, pero que no resta un gramo a su autoría del proyecto que aquella noche se hizo realidad.

4. El precio de la coherencia

La victoria de febrero no trajo a Duarte el lugar que su obra merecía. Los conservadores de la Junta Central Gubernativa, encabezados por Tomás Bobadilla, veían en los liberales trinitarios una amenaza y prefirieron apoyarse en Pedro Santana y su ejército del sur. Cuando Duarte regresó al país en marzo de 1844, fue recibido con júbilo popular y enviado al Cibao, donde el pueblo lo aclamó y los trinitarios lo proclamaron presidente en julio de ese año; la respuesta de la Junta fue declararlo a él, a Sánchez, a Mella y a otros «traidores e infieles a la Patria» y desterrarlos a perpetuidad en septiembre de 1844.

Duarte no volvería a la República hasta 1864, cuando regresó brevemente en plena Guerra de la Restauración para ponerse al servicio de la causa, anciano y enfermo, y tuvo que partir de nuevo. Murió en Caracas, Venezuela, el 15 de julio de 1876, en la pobreza y casi olvidado. Sus restos fueron repatriados en 1884 y hoy reposan, junto a los de Sánchez y Mella, en el Altar de la Patria. La historia dominicana le haría justicia tarde: es el único de los tres héroes de febrero que no empuñó un cargo en el poder, y el que más pagó por sostener la idea.


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