De todos los héroes dominicanos del siglo XIX, Gregorio Luperón es el que más se parece a un personaje de novela de formación: nació pobre, se educó a sí mismo leyendo de noche, aprendió idiomas por su cuenta para comerciar con los barcos extranjeros, se hizo general en una guerra de guerrillas antes de los 25 años y, llegado al poder, intentó gobernar con escuelas, prensa libre y honestidad administrativa. Su vida resume tanto lo mejor del proyecto liberal dominicano como la frustración de ese proyecto frente al caudillismo.
1. Un muchacho de Puerto Plata
Gregorio Luperón nació el 8 de septiembre de 1839 en Puerto Plata, hijo de Nicolasa Luperón, una mujer humilde de ascendencia afrocaribeña que vendía productos en el mercado, y de Pedro Castellanos. La pobreza familiar lo puso a trabajar desde niño, pero el puerto le dio una universidad improvisada: el trato con marineros y comerciantes extranjeros, los libros que conseguía prestados y su propia disciplina lo convirtieron en un joven políglota y lector voraz, formado en las ideas liberales que circulaban por el Caribe comercial.
Adolescente, ya trabajaba en el comercio de maderas preciosas —la caoba del Cibao era entonces un negocio importante— y conocía a fondo la economía y la sociedad de la costa norte. Cuando llegó la Anexión de 1861, Luperón tenía 21 años y una posición comercial modesta pero establecida. Su rechazo al régimen colonial no fue retórico: participó en las redes de resistencia y, llegada la guerra, puso su conocimiento del terreno y su prestigio local al servicio de la causa restauradora.
2. El general de guerrillas
En la Guerra de la Restauración, Luperón se destacó con una velocidad deslumbrante. Combatió en la línea noroeste y en el Cibao, participó en las acciones que culminaron con la toma de Puerto Plata —su ciudad— y se ganó el grado de general antes de cumplir los 25 años. Sus contemporáneos lo describían como un jefe audaz en el ataque, sereno en la retirada y notablemente humano con prisioneros y poblaciones: en una guerra de incendios y represalias, esa reputación le granjeó respeto incluso entre adversarios.
Restaurada la República en 1865, Luperón se convirtió en el caudillo militar del partido liberal, el Partido Azul, y en el contrapeso armado de los proyectos anexionistas de Báez, contra quien combatió durante la llamada Guerra de los Seis Años (1868-1874), cuando Báez intentó vender o arrendar la bahía de Samaná y anexar el país a Estados Unidos. Su hoja de servicios es singular: peleó contra España por la soberanía, y luego contra dominicanos que querían entregarla.
3. El gobernante educador
Luperón ejerció la presidencia provisional entre 1879 y 1880, gobernando desde Puerto Plata, en uno de los episodios más interesantes del siglo: su gobierno impulsó la libertad de prensa y de cultos, fomentó la inmigración y el comercio, y puso en el centro la educación pública. De su impulso —y de su decisión de traer al país al educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos— nació en 1880 la Escuela Normal, la institución que formaría a los maestros dominicanos durante generaciones. Para Luperón, la batalla de la República no terminaba en los campos de Capotillo: continuaba en las aulas.
Su gobierno fue breve y no pudo desarmar la estructura caudillista del país; él mismo terminaría arrastrado por ella, apoyando luego la llegada al poder de Ulises Heureaux, su antiguo subordinado, de cuya deriva dictatorial se distanció demasiado tarde. Exiliado por el régimen de Heureaux, enfermo, Luperón regresó a Puerto Plata a morir, el 21 de mayo de 1897. Sus restos reposan hoy en el Panteón de la Patria, en Santo Domingo.
4. El Luperón escritor y su memoria
Luperón dejó unas Notas autobiográficas y apuntes históricos que son fuente imprescindible para el siglo XIX dominicano: en ellas no solo narra la Restauración, sino que juzga con severidad a los políticos de su época y defiende un programa de educación, trabajo y honradez pública. Su valoración histórica es casi unánime: es el héroe dominicano más completo —soldado, gobernante, educador y escritor— y el símbolo de que otra República, institucional y liberal, fue posible aunque no triunfara.
Puerto Plata lo honra con su nombre en calles, escuelas, un museo en su casa natal y el aeropuerto internacional de la provincia. Y su figura sigue cumpliendo la función que él mismo se asignó: la de recordarle al país que la independencia se gana dos veces, una en la guerra y otra, más lenta, en las instituciones.