La Segunda República, nacida en 1865 de una victoria popular admirable, vivió sus primeras cinco décadas bajo una paradoja: el país que había derrotado a España no lograba gobernarse a sí mismo. Entre 1865 y 1916 se sucedieron decenas de gobiernos, revoluciones regionales y constituciones, en un ciclo donde el poder lo decidían las armas de los caudillos y las finanzas lo hipotecaban los préstamos extranjeros. Comprender ese medio siglo es indispensable para entender el siglo XX dominicano.
1. Báez y la tentación de vender la patria
La figura dominante de las dos primeras décadas fue Buenaventura Báez, político astuto y presidente en cinco ocasiones, dueño de una red clientelar que abarcaba el país. Báez llevó el anexionismo a su extremo: en 1869 firmó con el gobierno del presidente estadounidense Ulysses S. Grant un tratado de anexión de la República a Estados Unidos y acuerdos para arrendar la bahía de Samaná, a cambio de dinero que en gran parte alimentaría su régimen. El tratado fue rechazado por el Senado estadounidense en 1870 —tras el célebre informe de la comisión investigadora de 1871, en la que participó Frederick Douglass—, pero el episodio definió la época: la soberanía como mercancía de los gobiernos de turno.
El otro escándalo fundacional fue financiero: el empréstito Hartmont de 1869, un préstamo londinense contratado en condiciones tan fraudulentas que el país recibió una fracción mínima del nominal y quedó obligado por una deuda impagable que se arrastraría, multiplicada, durante generaciones. La deuda externa dominicana nació, como tantas cosas en el país, mezclada con la corrupción.
2. Heureaux: modernización a tiros
El ciclo lo cierra Ulises Heureaux, «Lilís», antiguo oficial restaurador que gobernó como presidente entre 1882 y 1899, con un solo breve intermedio. Su régimen es el primer experimento dominicano de dictadura modernizadora: ferrocarriles, telégrafos, alumbrado, puertos y una administración más profesional, pagados con una espiral de deuda externa canalizada por la financiera San Domingo Improvement Company, que llegó a controlar las finanzas del Estado. La modernización fue real, y también lo fue la represión: espionaje, prensa clausurada, opositores asesinados o exiliados, y elecciones convertidas en fórmulas rituales.
Heureaux fue asesinado el 26 de julio de 1899 en Moca, por un grupo de conspiradores entre los que se encontraba Ramón Cáceres, futuro presidente. Su muerte no trajo la estabilidad: abrió dos décadas de revoluciones casi anuales —entre 1899 y 1916 se cuentan más de una decena de gobiernos— y de quiebra fiscal terminal, con las aduanas empeñadas y los acreedores europeos amenazando con cobrarse por la fuerza, como Alemania, Francia e Italia habían hecho con Venezuela en 1902.
3. La deuda se convierte en tutela: 1905-1916
Estados Unidos, que tras la guerra de 1898 era la potencia hegemónica del Caribe y acababa de proclamar el Corolario Roosevelt —su derecho a intervenir donde el desorden pusiera en riesgo intereses y deudas—, encontró en la República Dominicana el primer laboratorio de su nueva política. En 1905 impuso un modus vivendi y en 1907 una Convención por la que un receptor general estadounidense pasaría a administrar las aduanas dominicanas, distribuyendo los ingresos entre el gobierno y los acreedores. La soberanía fiscal dominicana quedó intervenida una década antes que el territorio.
Ni siquiera la tutela trajo orden: el asesinato del presidente Ramón Cáceres en 1911 desató otra espiral de guerras entre caudillos regionales, con la frontera y las provincias convertidas en campos de batalla y el gobierno de turno sitiado en la capital. Cuando en 1916 Washington exigió además el control de las finanzas internas y la disolución del ejército dominicano, y el Congreso dominicano resistió, la intervención militar se hizo cuestión de meses.
4. El juicio sobre el caudillismo
Sería injusto reducir medio siglo a una galería de villanos. El caudillismo dominicano fue también un sistema de representación rural en un país sin partidos ni burocracia: el caudillo protegía, repartía y arbitraba en sociedades donde el Estado no llegaba. Hubo gobiernos constructivos, reformas educativas y una economía exportadora —tabaco cibaeño, azúcar del sur y el este, café— que creció y creó ciudades y fortunas. Pero el precio del sistema fue estructural: instituciones débiles, finanzas hipotecadas y una cultura política donde el poder se conquista y se reparte, no se administra. La factura llegó en 1916, con marines desembarcando en Santo Domingo.