En agosto de 1863, España era una potencia colonial con decenas de miles de soldados disponibles, una armada respetable y un siglo de experiencia militar. La parte este de La Española era una provincia pobre de unos 200.000 habitantes dispersos. En menos de dos años, los campesinos, hateros y artesanos de esa provincia obligaron a la monarquía española a revocar la Anexión y retirar sus tropas. La Guerra de la Restauración es, por desproporción de fuerzas y por resultado, la gesta militar más notable de la historia dominicana.
1. El Grito de Capotillo: 16 de agosto de 1863
Los alzamientos contra la Anexión habían comenzado casi desde su proclamación, pero el movimiento decisivo estalló en el noroeste. El 16 de agosto de 1863, un grupo de patriotas encabezados por Santiago Rodríguez, junto a Juan Antonio Polanco, Benito Monción y otros, izó la bandera dominicana en el cerro de Capotillo, en la zona de Dajabón, y lanzó el pronunciamiento que dio inicio a la guerra general. La fecha no era casual: el noroeste, ganadero y comercial, sufría especialmente los controles coloniales y conservaba redes de conspiración activas desde 1861.
El levantamiento se extendió como fuego por la paja seca: en días, el Cibao entero estaba en armas, y el 6 de septiembre los restauradores entraron en Santiago, segunda ciudad del país, cuyo asedio e incendio —la ciudad ardió durante los combates— se convirtió en el episodio más dramático de la guerra. En Santiago se constituyó un Gobierno Provisional restaurador, presidido primero por José Antonio Salcedo, que asumió la representación de la República frente al gobierno colonial de la capital.
2. Una guerra de guerrillas contra un ejército regular
Los restauradores no podían ganar batallas campales contra las columnas españolas, disciplinadas y mejor armadas, y no lo intentaron seriamente: su estrategia fue la guerra irregular. Columnas volantes de campesinos que conocían cada camino hostigaban los convoyes, emboscaban destacamentos, quemaban los recursos que el enemigo podía aprovechar y desaparecían en el monte antes de la respuesta. Figuras como Gaspar Polanco, Gregorio Luperón, Benito Monción o Pedro Antonio Pimentel se convirtieron en jefes legendarios de esa guerra sin frentes.
El aliado decisivo de los restauradores fue el propio clima: la fiebre amarilla y las enfermedades tropicales diezmaron a las tropas peninsulares, acostumbradas a otros ambientes, hasta convertir las bajas por enfermedad en un múltiplo de las bajas en combate. España llegó a tener comprometidos en la isla más de 30.000 soldados y gastó sumas enormes; las Cortes y la opinión pública españolas empezaron a preguntarse si aquella colonia recuperada por decreto valía una guerra sin fin contra toda una población.
3. El gobierno restaurador y la segunda independencia
La Restauración no fue solo militar: fue también un proyecto político. El gobierno provisional, trasladado según las circunstancias de la guerra, organizó la administración de las zonas liberadas, sostuvo relaciones con el exterior y encarnó una idea novedosa: la República no era propiedad de un caudillo, sino que debía defenderse colectivamente. Luperón y otros jefes jóvenes representaban una generación distinta a la de 1844: más liberal, más vinculada al comercio y a las ideas del progreso que la de Santana y Báez.
El desenlace político se produjo en Madrid. El 3 de marzo de 1865, las Cortes españolas aprobaron la ley que abrogaba la Anexión, reconociendo que sostenerla era inviable. Las tropas españolas evacuaron el país en los meses siguientes, y el 11 de julio de 1865 salieron los últimos soldados por Santo Domingo. La República Dominicana había nacido por segunda vez: los historiadores la llaman, por eso, la Segunda República, y el 16 de agosto es, junto al 27 de febrero, fecha patria mayor.
4. El costo y el legado
La guerra fue devastadora: pueblos incendiados, economía ganadera destruida, miles de muertos dominicanos en combate y por las epidemias que acompañan a toda guerra, y una generación marcada por las armas. Las pérdidas españolas, sobre todo por enfermedad, se contaron también por miles. Pero el legado institucional y moral fue enorme: la Restauración fijó en la conciencia nacional la idea de que la soberanía es innegociable, creó una camada de héroes de origen popular —campesinos y pequeños comerciantes convertidos en generales— y demostró que el país, unido, podía derrotar a una potencia europea.
El reverso fue la militarización: los generales restauradores se convirtieron en los árbitros políticos de las décadas siguientes, y la República restaurada tardó generaciones en construir instituciones civiles a la altura del sacrificio que la había devuelto a la vida.