De todos los procesos de la historia dominicana, ninguno es tan dramático como este: la desaparición de la sociedad taína en el lapso aproximado de una vida humana. Cuando en 1502 llegó el gobernador Nicolás de Ovando con la flota más grande enviada hasta entonces a América —unas 2.500 personas—, la conquista de La Española entró en una fase de organización sistemática, y en el centro de esa organización estaba el control del trabajo indígena.
1. Qué era la encomienda
La encomienda era, en teoría, un contrato moral: la Corona «encomendaba» grupos de indígenas a un colono español, que debía protegerlos y evangelizarlos a cambio de su trabajo. En la práctica de La Española, se convirtió en un sistema de trabajo forzado en minas de oro, conucos y construcciones, con jornadas extenuantes y una supervisión frecuentemente brutal. Los primeros repartimientos los hizo Colón en los años noventa del siglo XV, y Ovando los institucionalizó a partir de 1503, asignando caciques enteros con su gente a los encomenderos.
La presión era insostenible. El trabajo en los lavaderos de oro apartaba a los hombres de sus comunidades durante meses, destruía la producción de alimentos y desgarraba la estructura familiar y política taína. A ello se sumaban los castigos, las huidas, los suicidios que documentan con horror los propios cronistas, y la desesperación colectiva que fray Bartolomé de las Casas describiría con crudeza: pueblos enteros que preferían morir a seguir viviendo bajo aquel régimen.
2. Las epidemias: el factor invisible
El segundo factor fue biológico. Los taínos carecían de defensas frente a las enfermedades del Viejo Mundo: la viruela, el sarampión, la gripe y el tifus. Una epidemia de viruela en 1518-1519 arrasó lo que quedaba de la población indígena de la isla. Enfermedad y explotación se reforzaban mutuamente: comunidades diezmadas y hambrientas enfermaban más, y comunidades enfermas no podían sembrar ni cosechar, lo que producía hambrunas que mataban tanto como el contagio.
Las cifras del colapso se deducen de los repartimientos y censos de la época. Las estimaciones de la población inicial varían enormemente según el historiador, pero la tendencia es unánime: en 1508 quedaban alrededor de 60.000 indígenas según los conteos coloniales; en el repartimiento de 1514 se registraron unos 26.000; hacia 1548, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribió que no quedaban ni 500 de los taínos «naturales». En una generación, la primera sociedad de la isla había dejado de existir como tal.
3. Las voces que protestaron: Montesinos y Las Casas
La catástrofe no pasó sin testigos ni sin denuncia. El cuarto domingo de Adviento, el 21 de diciembre de 1511, el fraile dominico Antonio de Montesinos subió al púlpito de la iglesia de Santo Domingo y pronunció el sermón más famoso del siglo XVI americano, ante las principales autoridades de la colonia: «¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ellos ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?». La comunidad dominica, encabezada por Pedro de Córdoba, se negó a absolver a los encomenderos que no liberaran a sus indios.
La denuncia tuvo consecuencias: la Corona promulgó las Leyes de Burgos en 1512, el primer intento de regular el trato a los indígenas —jornadas, alimentación, descanso—, aunque su cumplimiento en la isla fue escaso y tardío. El mayor defensor de los indios sería Bartolomé de las Casas, llegado como colono y encomendero, que tras su conversión en 1514 dedicó medio siglo a denunciar los abusos en obras como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Sus escritos, exagerados o no según el debate historiográfico, son la principal fuente sobre la magnitud del desastre.
4. Resistencia y epílogo: Enriquillo
La respuesta taína no fue solo pasiva. Hubo rebeliones desde los primeros años —la de Caonabo en los 1490—, huidas masivas a las montañas y, como capítulo final, la rebelión de Enriquillo, un cacique educado por franciscanos que, harto de los abusos de su encomendero, se alzó en las sierras de Bahoruco en 1519 y sostuvo una guerra de guerrillas durante catorce años contra las fuerzas españolas. En 1533, la Corona firmó con él una capitulación —uno de los primeros tratados de paz de América— que reconocía la libertad de su gente. Enriquillo murió poco después, en 1535, y con su generación se cierra la historia de la resistencia taína organizada.
¿Desaparecieron los taínos por completo? Como sociedad, lengua e instituciones, sí. Pero los mestizajes de los primeros años, la supervivencia de mujeres y niños integrados a la sociedad colonial y las investigaciones genéticas actuales demuestran que su sangre continuó en la población que vino después. La desaparición taína es, a la vez, un hecho histórico documentado y un recordatorio de que las categorías de «extinción total» rara vez describen bien la complejidad de lo que pasó.