La memoria del béisbol dominicano está hecha de jonrones, juegos perfectos y rivalidades eternas, pero también de una bofetada. En algún momento de la segunda mitad de los años cincuenta, en el estadio de la capital —que entonces se llamaba, como casi todo en el país, Estadio Trujillo—, José Arismendy Trujillo Molina, «Petán», hermano del dictador Rafael Leónidas Trujillo, le dio una galleta en público a Andre Rodgers, el torpedero bahameño de los Leones del Escogido, en pleno partido frente a los Tigres del Licey. No hubo sanción, ni expediente, ni disculpa. Hubo, eso sí, un escándalo que los cronistas han seguido contando por más de seis décadas: en esa mano abierta se resume lo que significaba la impunidad en la Era de Trujillo.
1. Petán, el hermano temido
Petán era, de los once hijos de José Trujillo Valdez y Julia Molina, el que más dolores de cabeza le daba al propio dictador —y eso ya es decir—. General del Ejército por gracia familiar, construyó su propio feudo: se le entregó la zona de Bonao como territorio casi personal y controló La Voz del Yuna —luego La Voz Dominicana—, la empresa de radio y televisión del régimen. Era un hombre de temperamento violento y desplantes constantes, protegido por su madre, doña Julia, que intercedía por él cada vez que sus excesos pasaban de la raya. En la República Dominicana de entonces, un Trujillo no respondía ante ningún juez.
Petán era, además, un fanático declarado del Licey. En un país donde el béisbol invernal era el espectáculo mayor y la rivalidad entre azules y rojos dividía familias y barrios, el hermano del dictador no se limitaba a mirar desde un palco: se sentía parte del juego, con la certeza de quien está acostumbrado a que su voluntad sea la última palabra en cualquier recinto.
2. El escenario: un estadio con el nombre del dictador
El parque capitalino se había inaugurado el 23 de octubre de 1955 con el nombre de Estadio Trujillo —hoy es el Estadio Quisqueya Juan Marichal— y era la obra deportiva emblemática del régimen: los estadios del país llevaban el nombre del dictador o de un familiar, y los torneos, alusiones a su figura. El béisbol era a la vez diversión popular y escaparate del poder. En ese escenario compartían terreno el Licey y el Escogido, eternos rivales desde 1921, y entre los rojos jugaba un torpedero extranjero que empezaba a hacer historia.
Andre Rodgers había nacido en Nassau, Bahamas, en 1934, y vestía el uniforme del Escogido como torpedero y jugador de cuadro. No era un refuerzo más: en la temporada 1955-56 se convirtió en el primer jugador en recibir cinco bases por bolas en un partido de la liga dominicana, marca que tardaría más de medio siglo en igualarse. En 1957 debutaría con los Gigantes de Nueva York como el primer bahameño en jugar en las Grandes Ligas, y después pasaría por los Cachorros de Chicago y los Piratas de Pittsburgh. El agredido, en suma, era una figura internacional del béisbol caribeño.
3. La bofetada, según los cronistas
Lo que ocurrió no está en ningún acta oficial —de eso se encargaba el régimen—, sino en la crónica deportiva y en la memoria oral del béisbol, que lo transmiten con notable consistencia. El historiador y cronista Cuqui Córdova, la mayor autoridad de la literatura beisbolera dominicana, lo resumió así: en una discusión encendida por las pasiones de los fanáticos, Petán, que era liceísta, le dio una bofetada al jugador de cuadro Andre Rodgers, de los Leones del Escogido. Las efemérides del béisbol dominicano lo registran en los mismos términos: Rodgers fue «el jugador a quien Petán Trujillo abofeteó en el Quisqueya en un encuentro frente al Licey».
El episodio tuvo un costo de imagen que el régimen no pudo ignorar del todo. La agresión a un pelotero extranjero era de las que cruzaban la frontera en forma de crítica internacional, y Córdova cuenta que el propio Trujillo —que apenas asistía a los partidos— se presentó en el estadio al inicio del torneo de febrero de 1959 y volvió al día siguiente, gesto que el cronista interpreta como una demostración pública de que nadie debía atreverse de nuevo a agredir a un pelotero extranjero. La respuesta del dictador, en todo caso, fue escenográfica: contra Petán no se tomó medida alguna jamás.
4. Una galleta como radiografía del régimen
¿Por qué se sigue contando esta historia? Porque condensa en tres segundos la arquitectura completa de la dictadura. Un particular —aunque fuera pelotero profesional y extranjero— no tenía dónde quejarse de un Trujillo; un hermano del dictador podía rebajar su violencia a anécdota de palco sin que mediara ley alguna; y el Estado entero, en vez de sancionar, montaba una función de desagravio simbólico. Lo mismo que sucedía con las tierras usurpadas y los negocios monopolizados sucedía, en versión mínima y con público en las gradas, en un estadio de béisbol.
Rodgers siguió su carrera en las Grandes Ligas y murió en 2004, convertido en patriarca del béisbol bahameño. Petán sobrevivió a la caída del régimen en 1961, salió del país en noviembre de ese año y murió en Puerto Rico en 1969, sin haber respondido por ninguno de sus excesos, incluidos los mucho peores que esta bofetada. La galleta quedó en la memoria colectiva porque el béisbol era del pueblo, y el pueblo guardó el agravio donde guardaba todos los demás: en la memoria, a la espera de poder contarlo en voz alta.