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Restauración y siglo XIX

La Anexión a España y Pedro Santana (1861)

Restauración y siglo XIX · 1861 · 6 min de lectura · Historia RD

Diecisiete años después de la Independencia, Pedro Santana entregó la soberanía dominicana a España. La Anexión de 1861 es el episodio más polémico del siglo XIX y el prólogo de la Restauración.

El 18 de marzo de 1861, en la plaza de armas de Santo Domingo, se arrió la bandera dominicana y se izó la española, mientras las salvas de artillería saludaban la reincorporación de la República a la monarquía de Isabel II. El hombre que lo había negociado todo, el general Pedro Santana, primer presidente constitucional del país y vencedor del 19 de Marzo, pasaba a ser capitán general de una provincia española de ultramar. Diecisiete años de independencia quedaban borrados por un decreto. Ningún episodio del siglo XIX dominicano genera todavía tanta controversia.

1. El camino hacia 1861: miedo, deuda y caudillismo

La República que llegó a 1861 estaba exhausta. Dos décadas de guerra fronteriza intermitente con Haití habían militarizado el Estado y vaciado el tesoro. La política era un péndulo de golpes y contragolpes entre Santana y Buenaventura Báez, los dos grandes caudillos, con constituciones cambiadas al ritmo de las victorias de cada quien. La moneda de papel moneda forzoso se depreciaba, los empréstitos se negociaban en condiciones leoninas y la administración era, en gran parte, el patrimonio de la facción gobernante.

Santana, de vuelta en el poder desde 1858 tras derrocar a Báez, sumó a ese cuadro una convicción y un temor: la convicción de que el país no podía gobernarse a sí mismo y el temor —real, aunque exagerado— de una nueva invasión haitiana. Su solución no era nueva en el pensamiento conservador dominicano: ya la Junta de 1844 había buscado protectorado francés. Santana apostó por España, la antigua metrópoli, ofreciéndole a cambio bases navales y la recuperación simbólica de su primera colonia americana.

2. La proclamación y la reacción inmediata

Las negociaciones con Madrid fueron rápidas y asimétricas: España aceptó una anexión que le costaba poco y le devolvía presencia en el Caribe en plena era de expansión colonial europea. Santana proclamó la reincorporación el 18 de marzo de 1861 sin consultar al pueblo en plebiscito alguno, mediante un acto de su gobierno refrendado por sus partidarios. La reacción adversa no tardó: hubo protestas y alzamientos tempranos —el de San José de las Matas y otros puntos del Cibao y el sur—, reprimidos con fusilamientos que sembraron el resentimiento que explotaría dos años después.

El gobierno colonial reinstaló la administración española con funcionarios peninsulares que relegaron a los criollos, restableció cargas y controles que el país creía superados y mantuvo, en la práctica, discriminaciones raciales en empleos y honores que humillaban a una sociedad mayoritariamente mestiza. Santana mismo, nombrado capitán general y marqués de las Carreras por la corona, chocó pronto con las autoridades españolas que lo trataban como subordinado incómodo: renunció a sus cargos en 1862, amargado, y moriría en 1864, en plena guerra restauradora que no quiso o no supo encabezar.

3. ¿Traición o cálculo? El debate historiográfico

La memoria patriótica dominicana condenó a Santana como el gran traidor: el vencedor de 1844 que vendió la patria que ayudó a fundar. Historiadores posteriores han matizado el cuadro sin absolverlo: Santana actuó dentro de una lógica conservadora extendida en la época —la búsqueda de un protector poderoso era también el proyecto de Báez con Estados Unidos—, enfrentaba un Estado quebrado por la guerra y temía de verdad la amenaza haitiana. Pero el matiz no elimina el hecho central: entregó la soberanía sin mandato popular, mediante el poder de las armas que le daban su ejército personal, y la entrega produjo exactamente lo contrario de lo prometido: no paz, sino la guerra civil más grande del siglo.

El propio Duarte, desde su exilio, había advertido décadas antes contra todos los anexionismos; su testamento ideológico se resume en la frase que se le atribuye: «Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor». La Anexión fue la negación práctica de ese principio y, por reacción, su confirmación: la mayoría del país descubrió en 1861-1863 que prefería la República pobre e ingobernable a la provincia ordenada y ajena.

4. El resultado paradójico

La Anexión duró cuatro años y produjo tres efectos duraderos. Primero, unió contra España y contra el santanismo a sectores que llevaban décadas enfrentados: liberales y muchos conservadores, cibaeños y sureños, pelearon juntos en la Restauración y aprendieron a pensarse como nación. Segundo, desacreditó para siempre el anexionismo como opción legítima: después de 1865, entregar la soberanía se convirtió en el pecado político máximo del imaginario dominicano. Y tercero, dejó una lección institucional amarga: una república donde el presidente dispone del país como patrimonio personal es una república siempre a un decreto de desaparecer.


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