El 23 de febrero de 1930, un movimiento armado encabezado por Rafael Leónidas Trujillo, jefe de la Guardia Nacional, marchó sobre Santo Domingo y forzó la caída del presidente Horacio Vásquez. Comenzaba así la dictadura más larga y completa de la historia dominicana: tres décadas en las que un solo hombre controló el Estado, el ejército, la economía, la prensa, la educación y hasta el nombre de la capital. Ninguna explicación del presente dominicano puede esquivar este período.
1. El hombre y su ascensión
Rafael Leónidas Trujillo Molina nació en San Cristóbal el 24 de octubre de 1891, en una familia de clase media baja. Tras empleos modestos —telegrafista, guarda de ingenio, policía de la ocupación—, ingresó en 1918 en la Guardia Nacional creada por los marines, donde ascendió con rapidez excepcional gracias a su disciplina, su frialdad y la protección de sus oficiales norteamericanos. En 1927 era ya general y jefe del Ejército. Cuando la crisis política de 1930 enfrentó al envejecido Vásquez con la oposición, Trujillo se presentó como el árbitro armado… y semanas después era candidato único en unas elecciones controladas que lo hicieron presidente el 16 de agosto de 1930.
Quince días después, el 3 de septiembre de 1930, el huracán San Zenón devastó Santo Domingo y dejó miles de muertos. La reconstrucción le dio a Trujillo su primera gran oportunidad de exhibir eficacia y de reorganizar la capital a su imagen: la ciudad reconstruida sería rebautizada en 1936 como Ciudad Trujillo, nombre que conservó hasta 1961.
2. La máquina del régimen
El trujillismo fue un sistema, no solo un hombre. Sus pilares: el Partido Dominicano, partido único al que debía afiliarse todo empleado público; el ejército como institución central y cantera de lealtades; el servicio de inteligencia —la temida SIM— que vigilaba a la población y organizaba la represión y los asesinatos políticos; el monopolio de la información, con prensa, radio y luego televisión al servicio del culto oficial; y un aparato de propaganda que llenó el país de retratos, lemas y obras con el nombre del «Jefe» y del título con que se hacía llamar: Benefactor de la Patria.
La represión fue sistemática durante tres décadas: cárceles como La Cuarenta y Nigua, torturas, desapariciones, asesinatos de opositores dentro y fuera del país —del escritor Jesús de Galíndez, secuestrado en Nueva York en 1956, al atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt en 1960— y expediciones punitivas como la masacre fronteriza de 1937. El miedo era una política de Estado, administrada con método.
3. La obra material y la economía del Jefe
El régimen también construyó. Pagó por completo la deuda externa en 1941 —celebrado como el fin de la tutela financiera de 1907— y promovió la industrialización por sustitución de importaciones, el crecimiento azucarero estatal, las obras públicas monumentales (carreteras, puentes, presas, edificios públicos, la Feria de la Paz de 1955, escenografía del 25 aniversario del régimen) y la expansión de la educación primaria. La República de 1961 era materialmente más moderna, urbana y alfabetizada que la de 1930, y el crecimiento económico del período fue real.
Pero la economía tenía un dueño. Trujillo y su familia acumularon un monopolio asfixiante: ingenios, sal, cemento, leche, carne, lotería, empresas de todo tipo pasaron a manos del clan, hasta controlar una porción enorme de la economía nacional. El progreso del país y el enriquecimiento del dictador eran contablemente inseparables, y esa es la clave del debate sobre su legado: lo que el régimen construyó lo construyó también para sí, con trabajo y recursos de todos.
4. El aislamiento final y la caída
Desde mediados de los años 50, el régimen se aisló. El asesinato de Galíndez escandalizó a Estados Unidos; el atentado contra Betancourt en junio de 1960 llevó a la OEA a imponer sanciones diplomáticas y económicas, y Washington, que había tolerado a Trujillo como aliado anticomunista, empezó a verlo como un problema en plena Guerra Fría caribeña. Dentro del país, la expedición guerrillera del 14 de junio de 1959 —jóvenes dominicanos que desembarcaron por Constanza, Maimón y Estero Hondo para derrocarlo— fracasó militarmente pero quebró el mito de la invulnerabilidad del régimen, y el asesinato de las hermanas Mirabal en noviembre de 1960 lo desacreditó ante el mundo entero.
La noche del 30 de mayo de 1961, un grupo de conjurados —militares y civiles, algunos antiguos colaboradores— emboscó el automóvil de Trujillo en la carretera a San Cristóbal y lo mató. La Era terminaba como había empezado: con las armas de la propia Guardia que el régimen había creado. La salida de la familia Trujillo del país en noviembre de 1961 cerró el capítulo y abrió, por fin, la posibilidad de una democracia.