Historia RD
Historia de la República Dominicana

Restauración y siglo XIX

El Grito de Capotillo, 16 de agosto de 1863

El 16 de agosto de 1863, catorce patriotas encabezados por Santiago Rodríguez cruzaron desde Haití, izaron la bandera dominicana en el cerro de Capotillo y declararon la guerra a la Anexión. Nadie imaginaba que aquel grupo pequeño, armado con más convicción que fusiles, acababa de encender la guerra que dos años después restauraría la República.

Historia RD · Villa Riva Online · 1863 · 7 min de lectura

La mañana del 16 de agosto de 1863, catorce dominicanos cruzaron la frontera desde Haití, subieron al cerro de Capotillo —en la actual provincia de Dajabón, cerca de Loma de Cabrera— e izaron la bandera tricolor que dos años antes había sido arriada. No llevaban artillería ni un ejército detrás: llevaban la decisión de no aceptar que la República Dominicana, nacida en 1844, hubiera dejado de existir. Aquel acto, el Grito de Capotillo, inició la Guerra de la Restauración (1863-1865), la guerra popular que expulsó a España y devolvió al país su independencia.

1. Una República entregada: la Anexión de 1861

El 18 de marzo de 1861, el presidente Pedro Santana proclamó la anexión del país a España, que pasó a tratarlo como una provincia ultramarina. Santana buscaba protección frente a Haití y respaldo para su poder, pero la medida se tomó sin consultar al pueblo y deshizo diecisiete años de soberanía: los dominicanos volvieron a ser súbditos de una corona europea.

El régimen pronto sumó agravios: funcionarios peninsulares que desplazaban a los dominicanos, cargas fiscales y medidas económicas que golpeaban al comercio y al campesinado, suspensión de libertades y discriminación racial y religiosa en una sociedad mayoritariamente mestiza. La bandera española ondeaba en los fuertes, pero debajo crecía una convicción: la República no había muerto, estaba ocupada.

2. Los intentos que fracasaron primero

Capotillo no fue el primer intento, sino el que por fin prendió. El 2 de mayo de 1861, apenas semanas después de la Anexión, el coronel José Contreras se levantó en Moca y fue apresado y fusilado. Entre mayo y julio de ese año, el patricio Francisco del Rosario Sánchez entró desde Haití por el sur al frente de una expedición; capturado, fue fusilado en San Juan de la Maguana el 4 de julio de 1861 junto a varios de sus compañeros. La represión no apagó la conspiración: la organizó mejor.

En febrero de 1863 estallaron levantamientos coordinados en la Línea Noroeste y el Cibao: Neiba, Guayubín, Sabaneta, Monte Cristi y Dajabón se alzaron, y el 24 de febrero se intentó tomar la Fortaleza San Luis de Santiago. España respondió con dureza: hubo fusilamientos en Santiago —entre ellos el del poeta Eugenio Perdomo— y condenas de prisión en Ceuta. Los jefes que escaparon, como Santiago Rodríguez, José Cabrera, Benito Monción y Pedro Antonio Pimentel, se refugiaron en Haití, cuyo gobierno, presidido por Fabré Geffrard, les permitió reorganizarse. De ese exilio salió el plan de agosto.

3. El 16 de agosto: catorce hombres y una bandera

Los restauradores escogieron el momento con cuidado: las guarniciones españolas de la frontera se habían desplazado hacia Puerto Plata y Santiago, y la Línea quedaba desguarnecida. El 16 de agosto de 1863, el grupo cruzó la frontera y proclamó el Grito en el cerro de Capotillo, izando la bandera dominicana. Encabezaba la expedición el coronel Santiago Rodríguez, hatero y comerciante de Sabaneta, alcalde constitucional que había mantenido su oposición a la Anexión incluso desde su cargo.

Las listas de los catorce varían ligeramente según la fuente —algunas incluyen a un soldado desconocido—, pero la tradición coincide en los nombres centrales: junto a Rodríguez venían Benito Monción, José Cabrera, Eugenio Belliard, Segundo Rivas, Alejandro Bueno, Pablo Reyes, Juan de la Cruz Álvarez, Sotero Blan, Tomás Aquino Rodríguez y San Mézquita, y Pedro Antonio Pimentel se sumó en Capotillo. Juan de la Mata Monción figura como el abanderado. Eran campesinos, comerciantes y militares de la frontera: la guerra que empezaban sería, desde el primer día, una guerra de pueblo.

4. Veinte días que cambiaron la guerra

Lo que convirtió un pronunciamiento fronterizo en una guerra nacional fue la velocidad de la respuesta popular. En unos veinte días, todos los pueblos de la Línea Noroeste habían sido ganados por los restauradores, y los voluntarios llegaban a pie y a caballo, muchos armados solo con machetes. A finales de agosto, el escenario decisivo se trasladó a Santiago de los Caballeros, donde los restauradores atacaron la Fortaleza San Luis.

La batalla de Santiago se prolongó hasta el 13 de septiembre de 1863, con su jornada más decisiva el 6 de septiembre. La guarnición española, tras un sitio de unos trece días y con la ciudad en llamas, evacuó la fortaleza y se retiró hacia Puerto Plata. Entre los jóvenes que se distinguieron estaba un puertoplateño de 24 años llamado a ser el héroe militar de la guerra: Gregorio Luperón. España conservaba las plazas costeras, pero había perdido el interior del Cibao y la iniciativa.

5. Un gobierno para la guerra

Al día siguiente de la retirada española, el 14 de septiembre de 1863, se instaló en Santiago el Gobierno Provisorio de la Restauración. No era un detalle burocrático: los restauradores entendían que una insurrección con gobierno propio dejaba de ser una revuelta y pasaba a ser un Estado en guerra. El gobierno quedó presidido por el general José Antonio Salcedo, con Benigno Filomeno de Rojas en la vicepresidencia y figuras civiles del Cibao como Pedro Francisco Bonó y Ulises Francisco Espaillat en sus comisiones.

Ese gobierno creó el Ejército Libertador, organizó las finanzas de emergencia, buscó armas y reconocimiento en el exterior y dio dirección política a una guerrilla que se extendía por todo el país. Desde Santiago se proclamó lo que Capotillo había anunciado con una bandera: la República existía, tenía autoridades y sostendría su existencia con las armas el tiempo que fuera necesario.

6. De Capotillo a la Restauración

La guerra duró casi dos años más. España desplegó decenas de miles de soldados, pero la guerrilla restauradora —con jefes como Gaspar Polanco, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel y Gregorio Luperón— hizo el interior ingobernable, mientras las enfermedades tropicales diezmaban a las tropas peninsulares. El costo se volvió insostenible para Madrid: el 3 de marzo de 1865, la reina Isabel II firmó el decreto que anulaba la Anexión, y en julio de 1865 las últimas tropas españolas evacuaron el país. Nacía la Segunda República.

Por eso el 16 de agosto es fiesta nacional —el Día de la Restauración— y la fecha constitucional de la toma de posesión presidencial cada cuatro años: el día en que catorce hombres subieron a un cerro fronterizo a decir que el país seguía existiendo. En Capotillo se levanta hoy un monumento en su honor, en el mismo paisaje de hato y frontera desde el que partieron.

El Grito de Capotillo demuestra que los grandes cambios no siempre empiezan con grandes ejércitos: a veces empiezan con catorce personas que se niegan a aceptar un hecho consumado. La Independencia de 1844 había creado la República; la gesta del 16 de agosto de 1863 la salvó de desaparecer diecinueve años después. Por eso los dominicanos no celebran la Restauración como una guerra más, sino como la segunda fundación de su patria.